XI Festival de Jazz de Montevideo: entrevista con el músico Federico Britos -
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XI Festival de Jazz de Montevideo: entrevista con el músico Federico Britos

Los días 7, 8 y 9 de diciembre se llevará a cabo una nueva edición del Festival de Jazz de Montevideo en el Teatro Solís, y el festival regalará la presencia del músico uruguayo radicado en Estados Unidos, Federico Britos, uno de los violinistas más reconocidos a nivel nacional y mundial. Con la excusa de este regreso, charlamos con él sobre sus comienzos, los mejores momentos de una carrera super exitosa a nivel internacional, y lo que será su vuelta.

Tu relación con el violín como instrumento comenzó a una edad bastante temprana, y te ha acompañado prácticamente toda tu vida. ¿Cómo fue ese inicio? ¿Cómo fue el contacto con tu primer violín? 

Mi padre fue violinista también, además de ser un gran investigador y poeta. Fue procurador universitario, fue abogado, fue maestro de escuela, una gran vocación para enseñar. Fue mi padre, Alberto Britos, quien me puso un violín en las manos a los 5 años. Y bueno, ni él ni yo sabíamos lo que podía suceder con eso, ¿no? Y como muy buen pedagogo que era, muy lentamente fue enseñándome, primero solfeo. En aquella época se estudiaba primero solfeo y después los instrumentos, no como en los últimos años que se hace de manera paralela. Entonces desde que él me puso el violín en los brazos, el instrumento no lo dejé nunca más. Me enamoré del instrumento que ya lo conocía naturalmente, por en mi padre, mi madre y mis abuelos. En la época del 30’ y del 40’, en Montevideo había un ambiente cultural, musical, de teatro y demás, que ayudó a mi formación. No me desprendí nunca más del violín hasta este momento. Creo que es el instrumento de mi vida. La formación en general la hice en Uruguay con varios maestros de violín.  

Tu primer composición fue Capricho Uruguayo. ¿Por qué lo definiste de esa manera?

Siendo muy joven, teniendo 10 u 11 años en Montevideo, mi abuelo me llevó a un concierto en el Teatro Artigas, teatro que lamentablemente ya no existe, que estaba en la calle Andes entre 18 y Colonia. Fuimos a escuchar a un gran violinista que vino de Francia de origen rumano, George Boulanger, entonces yo asistí a ese recital y escuché una cantidad de obras dentro de un estilo clásico y muy gitano. Para mí fue muy trascendente y yo en ese momento estaba estudiando composición con el maestro Mateo Bianco, y estaba estudiando también armonía con el maestro español que había llegado a Uruguay. Estaba haciendo ejercicios además de estudiar, de piano como instrumento complementario para poder componer, con el maestro Luis Pasquet. Cuando llegué a mi casa me puse a escribir algunas líneas un poco como para entregarle a mi maestro de armonía y de composición con toda la influencia de lo que había escuchado la noche anterior en el Teatro Artigas. Una influencia netamente gitana. Y bueno, mi padre se enteró, y un día me dijo que quería que fuera a un hotel de la calle 18 de Julio, muy cerca de Convención, lo recuerdo todavía, a ver al maestro Boulanger. Fue una sorpresa cuando llegué. Él tomó su violín, se puso a tocar, le dijo a mi padre que le gustaba y como él estaba en Uruguay en esos días, quería estrenar esa pieza con su pianista, que me preguntara a mi si yo le permitía. Un honor, ¿no? Porque que me preguntara a mí, que tenía 10 u 11 años, naturalmente le dije que sí. Él me preguntó cómo se llamaba la pieza, no tenía nombre, entonces me dijo: «Bueno, yo le voy a poner un nombre… se va a llamar Capricho Uruguayo». Él la estrenó en Montevideo, en el año 1951, y ahí nació el Capricho Uruguayo.

También has compuesto trabajos para películas, bailes, ballet, orquestas sinfónicas… ¿Cómo es trabajar para distintos rubros?

Son totalmente diferentes. Yo he hecho composiciones para el cine, para la danza, para el ballet, etc. La música tiene muchas funciones, hay música para cantar, hay música para bailar, hay música para el cine, donde hay que medir los momentos que la película sugiere. Son funciones diferentes, y no es lo mismo hacer música para una película o para el baile, de manera que son trabajos distintos que requieren cierto conocimiento en cuanto a qué se debe hacer y qué se debe aplicar para los distintos momentos. Componer música para diversos géneros es totalmente diferente. Pero es muy interesante porque te permite incursionar en lugares donde no todos los músicos tienen la posibilidad de hacerlo.

¿En cuál te sentiste más cómodo?

En realidad, me sentí muy cómodo en todos, porque, por ejemplo, tengo una obra que fue estrenada por la Orquesta Sinfónica del Sodre, una suit de ballet que es naturalmente para ser escuchada, bailada… Se llama Ébola y Anacleto que es un homenaje a la colonia afrodescendiente en Uruguay, y es una suit de candombes. Me siento bien escribiendo música para escuchar y para bailar. Tengo muchas obras escritas de jazz de música cubana que son para escuchar y para bailar.

Mencionando orquestas sinfónicas, trabajaste en la orquesta nacional de Cuba. ¿Qué recuerdos te trae esa orquesta y ese país en particular?

La verdad que la experiencia fue muy enriquecedora. Viví algunos años en Cuba, porque fui contratado por un grupo de músicos de Uruguay y de Argentina a principios de la década del 60’ para integrar las dos Orquestas Sinfónicas que había en La Habana en ese momento. En primer lugar, antes de tocar con la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba integré también durante algunos años la Orquesta de la Ópera y el Ballet de Cuba, fui el primer violín de la orquesta durante muchos años, y luego pasé a la Orquesta Sinfónica. Fueron años de gran aprendizaje para mí, porque cuando llegué a La Habana no tenía una experiencia formal de ser músico de una Orquesta Sinfónica, mucho menos de Ópera y de Ballet. Mi experiencia la hice en La Habana. Mi escuela la hice en Uruguay, una escuela extraordinaria, para mí fue una formación en un país donde la música era y es algo muy importante y muy conocido en el mundo entero. Después del país en general tengo recuerdos extraordinarios, lo recorrí todo haciendo giras, es un país hermoso, con gente maravillosa y con un nivel cultural extraordinario. La gente participa permanentemente de eventos culturales y llevan la música dentro. Pero, por otro lado, tengo algo mucho más rico que eso y más cercano: mi señora y mis dos hijos varones son cubanos. O sea que Cuba para mí es un país muy importante. El año que viene estamos cumpliendo 52 años de casados con mi señora, y mis dos hijos nacieron en La Habana. Tengo una hija de mi primer matrimonio que nació en Uruguay, conoció La Habana también por supuesto. Obviamente que teniendo una señora y dos hijos, mi cariño por Cuba y por su gente es aún mayor.  

Siendo uno de los músicos de jazz más influyentes y reconocidos en el mundo, ¿de qué manera es la preparación para cada uno de tus shows?

Bueno, depende un poco para qué sean los shows. En general yo los últimos años he trabajado mucho haciendo jazz latino, lo que es jazz clásico e incluyendo música de autores cubanos y sobre todo brasileros, que se estila mucho aquí en Estados Unidos. Preparo programas permanentemente. A veces con varios meses de anticipación, de acuerdo a los lugares donde voy a tocar y de acuerdo al repertorio para no repetir permanentemente muchos temas o algunas de las obras, pero además compongo mucho e incluyo muchas obras que voy escribiendo permanentemente, y que he hecho desde aquella obra que conversamos hace un rato que fue el Capricho Uruguayo. He escrito muchas obras para pequeños grupos, para tríos, cuartetos, orquestas de cuerdas, incluso para orquestas sinfónicas.  

¿Qué has aprendido de la música y de la melodía a lo largo de tu vida?

Para mí la melodía es fundamental. Soy una persona romántica y dentro de la línea clásica aprendí mucho. Aprendí mucho de la música. Llevo más de 50 o 60 años viajando por todo el mundo y la música permanentemente me ha acompañado de una manera que me ha enseñado a vivir. Me ha enseñado a viajar, me ha enseñado a conocer la cultura y el lenguaje, la arquitectura y todo lo demás de todos los países del mundo que he tenido la posibilidad de conocer. La música es algo que me acompaña y todos los días me enseña, la música enseña y es algo imprescindible, no me imagino el mundo, ni creo que tu tampoco, ni ninguna otra persona se imagine el mundo sin música. Es una gran terapia. Y dentro de la música, el elemento de la melodía es algo para recordar permanentemente. Una vez estando en Cuba, fui a visitar un hospital que se estaba inaugurando, y resulta que escucho algo sonoro en todos los pasillos del hospital, y me entero de que la música era de un compositor amigo, Juan Blanco, que se dedicaba a hacer música aleatoria. Entonces le dije: «He escuchado por ahí algo, pero no he escuchando ninguna melodía», a lo que me dijo que justamente no había puesto ninguna melodía, porque dentro de un hospital pasan muchas cosas, y lamentablemente pasan muchas cosas feas, malas, y si hay un familiar que tiene a una persona internada y se encuentra muy mal de salud o está por morir, o muere, naturalmente va a recordar si había una melodía en ese momento. Y hay otro tipo de música como la que yo hice para eso, que es música solamente ambiental, no la va a recordar absolutamente, está hecha con ese criterio. Me pareció muy interesante el concepto. Pero para mí la melodía es fundamental, yo todos los temas y las piezas que he hecho, incluso las piezas que toco y no son mías, todas tienen melodía.

¿Sentís la misma naturalidad cuando hacés presentaciones en vivo que en los discos, o fluye de manera diferente? Más allá de que haya público presente, claro.

Son momentos diferentes, las presentaciones en vivo tienen algo muy especial haya mucha o poca gente. Uno se siente acompañado y la presencia de la gente hace que muchas de las interpretaciones fluyan de una manera muy cálida, muy especial. Lo cual no quiere decir que no suceda en una grabación. La grabación en estudio es algo generalmente solitario, aunque yo siempre digo que el músico de jazz es un músico solitario, ¿no? Porque los clubes de jazz no se caracterizan por llevar miles de personas, sino algunas docenas de personas, o cientos de personas en algunos casos. No es como otras manifestaciones musicales que se puede tocar en un estadio. Pero, sin embargo, la grabación te hace concertar de tal manera, yo soy muy apegado a las grabaciones, soy muy apegado a ellas, porque un poco es el espejo de tu vida artística, de tu vida musical, de cómo estás tocando en ese momento y qué es lo que estás haciendo en ese momento. Son funciones diferentes. Las grabaciones son fundamentales en la carrera de un músico, soy partidario de ellas, permanentemente tengo proyectos de grabaciones. He hecho muchas grabaciones no solamente para mí y para mis grupos, sino que más de mil grabaciones con otros artistas de todo el mundo, y la sensación de estar grabando en un estudio a veces con una orquesta de 15 o 20 personas te hace sentir de otra manera, es una sensación diferente a la actuación con público. Un recital, un concierto, una presentación de jazz o de música popular o de tango, o de música cubana, te da otra sensación y el contacto con el público te permite también expresar tus sentimientos. Incluso ahí es donde aparece la improvisación en varios géneros de una manera mucho más directa. Parece un momento mágico. Casi siempre hice varios géneros paralelos.

¿De qué manera usas la habilidad para improvisar en ciertas ocasiones? ¿Lo hacés a menudo?

Creo que la improvisación nació conmigo. A mí nadie me enseñó a improvisar, fue una necesidad natural. Yo creo que la improvisación nace con uno. Hay excelentes músicos con muy buena formación que no tienen la posibilidad de improvisar, no les nace, y cuando han querido hacerlo no han podido hacerlo. Hay algunos métodos, que te llevan o te inducen a la improvisación o analizarla, estudiarla, pero yo creo que es algo que no se compra. Claro que hay que practicarla y que hay que hacerla, pero si no te nace… Es un elemento fundamental, por lo tanto, yo, desde muy chico empecé improvisando, escuchando mucho jazz en el viejo local del Hot Club de Montevideo, en el sótano de un boliche. Ahí escuchaba violinistas de jazz y escuchaba jazz en general, y en los ratos que nos reuníamos 2 o 3 músicos ahí, iba tratando de improvisar, dando mis primeros pasos. Naturalmente equivocándome y poniendo notas que no tenía que poner, escuchando consejos de los músicos y de la gente del jazz poco a poco fui entrando en el mundo de la improvisación y no lo dejé nunca.

¿Qué es lo que más destacás de tu carrera tan extensa y diversa a la vez?

Son muchos momentos, lo que pasa que es difícil contestar brevemente. Pero hay momentos muy importantes de mi carrera, por ejemplo, que han sido varios conciertos que he tocado en Carnegie Hall, que es una sala de prestigio internacional, con una acústica maravillosa en Nueva York. La primera vez que toqué en esa sala toqué música sinfónica, en el año 1981, y me enamoré de ese teatro. Conocí la historia de ese teatro, que es extraordinaria, y después tuve la posibilidad de tocar varias veces más. También toqué en un concierto muy especial, en 1998, de homenaje a Stephane Grappelli que había fallecido poco tiempo antes. Te puedo citar que unos de los mejores momentos de mi carrera han sido allí. Pero también tengo que recordar, en la década de los 80′, haber estrenado la Suite Grappelliana y muchas más obras con la Orquesta Sinfónica Municipal, posteriormente llamada Orquesta Filarmónica de Montevideo. He estrenado casi todas mis obras con esa orquesta, y esos son otros momentos de mi carrera muy importantes, estimulado siempre por el deseo de componer, de mi familia, de mis hijos, de mis amigos, y en especial, esa y otras obras que yo he estrenado. Recibí un gran estímulo y una gran oportunidad que me dio el maestro Federico García Vigil. Y, por otro lado, los momentos vividos en Cuba, fueron grandes momentos de mi carrera, la emoción de poder tocar el famoso solo de El lago de los cisnes, mientras lo bailaba Alicia Alonzo. Fue una gran responsabilidad para mí. Y luego, estuve tocando y viviendo en Venezuela, en Perú, en Cuba, también en Colombia, en Ecuador. Ahora hace 25 años que vivo aquí en Estados Unidos, muchas veces viajando y viviendo por temporadas cortas en Brasil. Fueron momentos muy lindos de mi carrera. Cuando tenía 15 años hice mi primera gira por Europa, viviendo en Montevideo, viajando en barco. Tengo una carrera muy linda, creo que como todos los músicos somos personas privilegiadas por poder hacer música que es algo que te reitero, no puedo imaginar la vida sin música, en mi caso, mi vida sin el violín y sin música. Además de haber recibido varios Grammy Latino.

¿Cómo va a ser el espectáculo en esta vuelta a Uruguay y en qué fechas estarás presentándote en el Teatro Solís?

Estoy invitado por el Jazz Tour, al Festival Internacional de Jazz, que se va a realizar en Montevideo en las salas del Teatro Solís del 7 al 9 de diciembre. El día 7 tocaré con un dúo extraordinario de músicos italianos y el día 9 como invitado del Big Band que va a dirigir el maestro Daniel, dentro de otras cosas que van a haber en el festival, va a haber un Big Band dirigido por el maestro Daniel Camelo, y parece que varios de los músicos que participamos los días anteriores vamos a ser invitados para hacer alguna pieza con la Orquesta Sinfónica. El día 7 de diciembre toco con el guitarrista Alex Menconi, y con el contrabajista Maximiliano Rolf. Hacemos un trío clásico, vamos a hacer piezas de jazz y posiblemente alguna pieza italiana ya que ellos tienen en su repertorio música popular italiana. Así que invitamos a todo el público que participe de este festival, festival que el director de Jazz Tour lleva ya 20 años haciendo. Una obra intensa y extensa haciendo una difusión del Jazz muy importante. Tuve la oportunidad de participar varias veces y esta va a ser otra más, en un momento muy especial donde me acerco a cumplir 80 años. Para mí es una necesidad y un placer volver a Montevideo todos los años.   

Florencia Araujo.

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